Dicidencias al interior del grupo familiar

En casi todas las familias empresarias o con patrimonio significativo existe un miembro “disidente"
Juan Carlos Franco
12/12/2025
En casi todas las familias empresarias o con patrimonio significativo existe un miembro “disidente”: el que se niega a firmar, a asistir a reuniones o a aprobar decisiones. Ese personaje no es necesariamente un villano; muchas veces cumple, sin saberlo, la función de poner a prueba la madurez del sistema familiar. Veamos cómo manejarlo, con cabeza fría y estructura.

1. Entender la raiz del conflicto

Antes de actuar, hay que distinguir el síntoma de la causa.¿Se opone por desconfianza? ¿Por falta de información? ¿Por heridas emocionales antiguas? ¿O simplemente porque no se siente escuchado?En muchos casos, el problema no es técnico —ni financiero, ni legal— sino relacional. Y mientras no se aborde desde ese ángulo, ningún abogado, Family Office o contador podrá resolverlo.

2. Crear espacios de diálogo estructurados

El error más común es discutir temas de dinero en la mesa del domingo.La gestión patrimonial requiere espacios formales: consejos de familia, comités o asambleas con reglas claras, actas, agendas y tiempos definidos.Cuando hay estructura, las emociones bajan y el diálogo mejora.Si el miembro conflictivo se siente marginado, invítalo a participar en algo concreto (por ejemplo, revisar un informe o aportar una propuesta). Involucrar sin confrontar suele ser más efectivo que intentar “ganarle”.

3. Separar los niveles de decisión

El patrimonio familiar tiene tres planos:

El emocional (la familia)

El estratégico (la propiedad)

El operativo (los negocios o inversiones)

Cuando todo se mezcla, cualquier desacuerdo se vuelve personal.
El consejo de familia debe enfocarse en los valores, la visión y las reglas; los temas técnicos pueden delegarse a un Multi-Family Office o a sociedades patrimoniales con mecanismos de voto definidos. Así, la disidencia no paraliza todo el sistema.

4. Formalizar acuerdos y procesos

Nada desgasta más que discutir lo mismo cada año.
Un protocolo familiar o un acuerdo de socios bien redactado deja claros los mecanismos para tomar decisiones, resolver conflictos y ejercer derechos.
El que no quiera colaborar podrá hacerlo, pero dentro de reglas que la mayoría respalda y el tiempo consolida.

5. En última instancia, proteger el propósito

Si el conflicto se vuelve crónico, hay que recordar la meta: preservar el patrimonio y la unión esencial de la familia.
A veces eso implica limitar la participación de quien no coopera, o incluso comprar su parte. Pero siempre con respeto, documentación y propósito.

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