
1. Clarificar el propósito y los acuerdos
Antes de hablar de abogados o balances, la familia debe definir el porqué: ¿buscan independencia de gestión, simplificar estructuras, resolver tensiones, o facilitar la sucesión?
Sin un propósito claro y consensuado, la escisión se convierte en una batalla de egos y no en una estrategia patrimonial.
En esta etapa conviene elaborar un acta de intención que recoja los acuerdos fundamentales: qué se separa, cómo, y con qué valores éticos y familiares.
2. Diagnóstico patrimonial y contable
El siguiente paso es inventariar todo el patrimonio: bienes, inversiones, deudas, garantías, flujos de caja y pasivos contingentes.
Con ese mapa completo, los contadores y asesores financieros pueden determinar qué porción corresponde a cada rama familiar y cómo dividirla sin desequilibrios ocultos.
Aquí es esencial revisar las valorizaciones actualizadas, los efectos tributarios (ganancias ocasionales, IVA, retenciones, etc.) y las eventuales repercusiones cambiarias si hay activos en el exterior.
3. Diseño jurídico y tributario de la escisión
Con base en el diagnóstico, los abogados (o mejor, el Family Office) estructuran la escisión societaria o patrimonial: puede hacerse mediante la división de una sociedad existente, la creación de nuevas entidades o la asignación directa de activos.
Todo debe protocolizarse ante notario o Cámara de Comercio, registrarse en la DIAN y acompañarse de un plan fiscal que evite sorpresas posteriores.
4. Cierre emocional y transición
Una escisión toca fibras profundas: identidad, historia y pertenencia.
Por eso conviene realizar un encuentro familiar de cierre, donde se reconozca el camino compartido y se ratifique el compromiso de respeto mutuo.
Dividir el patrimonio no significa romper la familia; significa evolucionarla con madurez y dignidad.










